Chinese Eternity Circle Fish Brush Painting por Dragons Son.

"Te voy a querer eternamente" le digo. Su respuesta es esta: "no te creo". Y no sabe -quizás porque hasta hoy no le ha dado por ponerse a pensarlo, es bastante joven todavía- que la eternidad puede durar a veces lo que tardan en pronunciarse unas cuantas palabras y toda una vida completa no ser, en cambio, más que la repetición incesante de seis o siete gestos mal aprendidos. Sí, así es, eso opino, de unas pocas palabras alojadas en tu mente -en un instante- los recuerdos van a poder hacer retoñar la vida una y otra vez por medio de fieles evocaciones. "Amame..." le suplico "... no te alejes nunca de mi lado..." y ella me contesta ahora, que siempre va a continuar queriéndome donde quiera que su vida haya podido conducirla y sea cual sea la persona con la que en esos momentos se halle. "Haces trampa" intento hacerle ver, yo. Pero no enuncia matización alguna a mi protesta por estar pensando ella -imagino- que un juramento fácil, desapasionado, de amor eterno -como los míos- sí que constituiría algo inexcusablemente falaz. Y me hiere su silencio. Sí, claro. Por entrañar la evidencia de que a ella se le escapa lo que ando buscando. O de que, si lo conoce, hace caso omiso de mis deseos y desestima, inflexible, ceder a mi pueril egoismo de niño mimado. Y -mucho mayor que yo, más pragmática, aunque sea más joven- me repite una vez más: "donde quiera que me halle mañana, pasado mañana, dentro de siete años... voy a seguir queriéndote". Aferrado al borde de mi orgullo, valiéndome ya sólo de la esperanza, como hacen los yonquis y las santas para seguir drogándose y seguir perdonando, pretendo saber más, saberlo todo acerca de su amor y mis merecimientos de hoy como amante -¡me importa un comino lo que el futuro pueda depararnos!- y le reclamó ahora ¿... eternamente?.

Se levanta de la cama dándome la espalda y alza la persiana. Me quedo mirándole la espalda, la piel, sus hombros, las caderas modelando con firmeza los contornos de su camisón de raso. Al trasluz -el cabello recién recogido con sus manos limpias de mujer- las hebras doradas que emanan de su nuca me resultan preciosas, básicas, eternas. Y el deseo de volver a acariciarla, palpar su carne, amarla eternamente... reaparece de nuevo... tan fuerte como la primera vez, más fuerte incluso que esa primera vez, adicto, como me he vuelto, a su saliva y sus risas. Y a su misericordia. Me incorporó también del lecho y tomándola por los hombros mientras su mirada divaga a la deriva entre el aire plomizo de la mañana, como si se tratase de una intrusa o una mujer extranjera dubitativa ante lo desconocido, susurro despacito a su oido: eter..na..mente.

Eternamente: como la corteza áspera de los alcornoques humedecida por el rocio de las mañanas de otoño. Eternamente: como las olas que rompen con ansia y estrépito contra los cascos de los viejos veleros de tres mástiles. Eternamente: como los prados encharcados de lluvia que humedecen mi corazón de nostalgia las tardes medradas de domingo.

Perdiéndose, igual, sin cesar un día tras otro en esa eternidad tierna y doméstica -que solo los dioses habrán de ser capaces de observar en toda su dimensión completa- los ojos de los padres que velan por el bien de sus retoños, los de los críos indagando la presencia del coco en los rincones más oscuros, los logros inalcanzables para los científicos geniales, la mano abierta de esos grandes amigos desatendidos por culpa sólo del tiempo o la distancia, los sones de un disco de McCartney -de vinilo- a 33 revoluciones por minuto. Y los besos y las caricias de los amantes. Sí, también los besos y las caricias de los amantes contienen en su seno el dolor y el goce necesarios para poder perpetuarse eternamente -transformados ya en pérdida- cuando su savia es la sinceridad y su causa, el deseo.

Dímelo, amor... ¿vas a quererme eternamente?.